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martes, 21 de diciembre de 2010

La cabra

La cabra, la cabra, la puta de la cabra, ¡¡la madre que la parió!!
Así empezaba la canción, que va delante o detrás, del Asturias patria querida. El que haya andado de borracheras en los tiempos que esto se podía cantar, andando de acera a acera, sabrá que digo la verdad.
Ahora con las drogas, la cosa ha cambiado de forma radical.

Tomo parte de la canción, para enlazarla con mi redacción, que hoy va de la cabra no del cabrón. Del que escribiré si me lo permiten las lunas, en otra ocasión.

La cabra es animal díscolo y cabezón donde los haya. Parece que te mira cuando le hablas, y a mi modo de ver, creo que entiende perfectamente el español.
Intuyo además que te analiza los puntos débiles y tal y tal.

Por ejemplo si no sabes ordeñar (con Ñ que si no sería ordenar, y de eso hoy tampoco toca hablar) lo más seguro es que empiece a patear hasta que le endiñe una buena patada a la cacerola. Si ve que falla en el intento, has de estar presto: vuelan cagarrutas por popa.

¡¡ Por popo me engatilla con una cagarruta en un ojo, el putón verbenero de la cabrilla!!

Si la llevas a carear, da igual que sea pequeño o grande el rodal. Da lo mismo que le llegue por mitad de la pata el trigal. Si ella ve un almendro floreciendo, mira con disimulo, y se va derecha como un junco a destrozar o mordisquear lo prohibido.

Yo era zagal cuando tuve la oportunidad de medir mis pocas fuerzas con el testarudo animal.
Era un diecinueve de marzo, día de fiesta en mi pueblo como en muchos más en la España de aquella época. Ese día el cabrero, que cobraba diez reales o lo que es lo mismo dos pesetas cincuenta, estaba más por la labor de irse a corretear hembras y beber algo más de la cuenta. Mi padre me dijo ese día: "Si te quieres ir de fiesta, hay que sacar a la cabra de careo".

Valiente cabreo. Sin rechistar le puse la soga en el pescuezo y el bozal a mi Veneno, que así se llamaba el animal.
Ella, me refiero a la Veneno, (no a la que salía en el programa aquel de Tele Cinco) me miró y al momento empezó a medir a ver quién de los dos podía más.

Puso las pezuñas traseras en modo freno y ya la podía ahogar, que la cacho marrana había decidido no andar ni para adelante ni para atrás.
Cansado de tanto tirar sin conseguir ponerla en movimiento, me acerqué a su oreja derecha a decirle un recado, algo cabreado la verdad.

Le pegué un mordisco ( que también llaman "dentellá") que un poco más y le saco la "tajá".
A lo que ella respondió con un doloroso BEEEEEEEEEEEE, arrancando en el momento andar.

A partir de ahí, cuando se ponía animal el animal, yo le enseñaba la dentadura procurando que ella escuchara el tintineo de los dientes al simular la "mascá".

De este modo se restableció nuestra relación formal. Aún así, días hubo, como el que iba a contar que la puñetera cabra, me hacia la "jangá".

Bocadito por aquí, bocadito por allá ( se debe entonar como la canción de los pajaritos) hasta que el animal llegaba a comprender a quién había que obedecer.

Ahora, llegada esta edad doy parte del sombrero y el chaleco entero por beber leche de cabra o por catar su queso casero, como el que hacia la Adora, la Dolores y mi madre.

De niños, vaso de plástico en ristre, desfilábamos delante de la olla del churre, siempre con la intención de coger más pajaritas que el coleguilla de al lado.

El churre, para el que lo quiera saber es un líquido formado por el agua, suero y sal que suelta el queso al cuajar.
Las pajaritas blancas eran pequeños trozos de queso que se desprendían y nadaban sobre el churre, dándole un aspecto mágico desde nuestra mirada infantil.
Maravilla para nuestro paladar de niños era aquel manjar.
Viva la cabra!! La de la legión y todas las demás..no me seas gañán