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lunes, 3 de enero de 2011

Historias del tabaco

Es bien sabido que el tabaco mata, pero yo, gracias a él no estire la pata.
Una bocanada de humo, que mi padre me soltó en el hocico, nada más nacer fue mi salvación.
Se ve que nací sin saber respirar y por más leña que me daban, nada de nada. Que el neonato no respiraba.

No sé bien de donde le llegó a mi padre la inspiración, (para mí que fue divina) la cuestión es que aquello me dio tos, y aquí ando, gracias al humo de un cigarro.

Luego, con eso de la teta y del poco conocimiento (y menos agradecimiento) que tenía por aquellos entonces, dejé el tabaco hasta que, un día Juan el de María de la Bernarda, me invitó en la cuadra a tres o cuatro caladas de un cigarro emboquillado, que seguramente le había tangado a su padre Rogelio, al que dios guarde en su gloría.

Tendría siete u ocho años. Aquello estaba más que asqueroso. Recuerdo que se me saltaron dos lágrimas como puños en la primera calada.

Los otros niños, mayores que el menda, rieron sin compasión. Se les veía en la mirada que estaban a punto de llamarme maricón. Limpiándome las lágrimas en la manga, volví aspirar con fuerza otra calada para demostrar mi hombría.

Pero el destino me falló. A las lágrimas se unió una intensa tos que acabó en vomitera.
Ya no era maricón. Cambié a mujerzuela, que los compadres de farra se afanaban en gritarme para achantarme.

Esas escapadas a la cuadra se sucedieron con cierta frecuencia y cada día el reto era mayor. Un día, el mayor y que más vicio tenía nos animaba a dar una calada y tragar el humo diciendo para dentro "papas fritas con tomates". ¡Qué disparate!

Pero si deseas ser “mayor” has de hacer lo que diga el que manda en la primeriza panda.

Y así, entre papas fritas con tomate y cigarros fumados a hurtadillas en la cuadra, en la ermita, en la cueva del lobo y en otros mil sitios más nos fuimos haciendo fumadores a tan corta edad.

Desde entonces, que yo guarde recuerdo, lo tuve que dejar dos veces. Una por obligación. Me tuvieron que operar y en la habitación del hospital no dejaban fumar.
Quince días perdidos, que al salir de allí, intenté recuperar a toda mecha.

La siguiente vez, también tuvo culpa una enfermedad. Tuve unas anginas grandes, acompañadas de fiebres aún mayores. Se me cerraron los gaznates tanto, que por allí no cabía el pelo una gamba, y mucho menos humo de tabaco.

Nunca intenté quitarme. Esta es la primera vez, y veremos a ver cómo me sale el intento.
Si eso, mañana te lo cuento. Y pasado. Y al otro.
Ya veremos si puedo